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lunes, 21 de marzo de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 30

El inspector, concentrado como estaba en la tabla de madera que parecía esconder algo importante, no oyó los pasos que se acercaban por el pasillo y, cuando sus ojos quedaron momentáneamente deslumbrados por una luz cegadora, el primer pensamiento que pasó por su mente fue que el propio Juan Villanueva le había descubierto con las manos en la masa. Cuál sería su sorpresa al escuchar la voz de una mujer.
— ¿Qué hace usted aquí inspector? — Con el aire de superioridad que la caracterizaba, Cecilia Villanueva se hallaba de pie, justo delante de él sosteniendo una lámpara de aceite en su mano izquierda. — ¿No se da cuenta que podría pedir a sus propios compañeros que le arrestaran de inmediato por allanamiento de morada?
En hombre se levantó lentamente y la miró a los ojos. — Señorita — le dijo — Podría yo hacerle la misma pregunta o ¿Acaso saben su padre y su hermano que visita sus despachos a estas horas de la madrugada?
—Esta es la empresa de mi familia. Tengo derecho a estar aquí.
—Derecho sí, pero permiso, permítame que lo ponga en duda.
La chica frunció el ceño — No ha respondido a mi pregunta ¿Qué hace aquí?
—Intento averiguar qué pasó con Luisa Suárez. Eso es todo.
— ¿En el despacho de mi hermano?
— Su hermano no está diciendo toda la verdad. Oculta algo y tengo que saber qué es. — Mientras hablaba, el inspector se preguntaba cómo, en presencia de la chica, iba a descubrir qué habría debajo de aquellos tablones de madera. Tenía que ingeniárselas de alguna forma puesto que volver una segunda noche sería demasiado arriesgado por su parte.
—Lo sé — dijo Cecilia ante la sorpresa del hombre —. Estos días está muy raro. Está nervioso e insoportable. A veces temo que decida tirarse él mismo por el precipicio al igual que su buena amiga — pronunció éstas últimas palabras con retintín. — Trama algo y no sé qué es. Temo por la empresa de mi familia y por eso estoy aquí.
  Sorprendido por la sinceridad de la joven el hombre no supo si aquello sería un golpe de suerte o una trampa pero sea como fuere tenía que aprovechar la oportunidad, tal vez aquella noche pudiera llegar a ser mucho más productiva de lo que hubiera esperado.
— ¿Y qué está buscando exactamente?
— No estoy muy segura. Solo sé que Juan es muy metódico. Siempre apunta todo lo que hace o los planes que tiene. Ha de tener algún tipo de libro o agenda en la que revele cuáles son sus pensamientos o, lo que es más importante, cuáles serán sus próximos movimientos. He rebuscado en su cuarto esta tarde y allí no había nada. — Se quedó pensativa y de pronto preguntó — ¿Qué hacía usted en el suelo?
—Hay una tabla suelta — decidió arriesgarse —, creo que puede haber algo escondido justo debajo.
— ¿Y qué sugiere que es?
— Creo que Luisa escribió una segunda novela. Y quién se deshizo de ella estaba muy interesado, o bien en que no saliera a la luz para que no le perjudicase o bien en sacarla a la venta para poder ganar mucho dinero.
—Ambas teorías podrían relacionar a mi familia con la tragedia — respondió en tono gélido. —Creo recordar que ya le he dejado claro en una ocasión que deje de vincular sus investigaciones con los míos.
—Y yo creo recordar que usted me prometió una colaboración de la que aún no he tenido noticia. Me va a resultar muy difícil no relacionar a sus parientes o a usted misma con el caso teniendo en cuenta que la novela de la joven trata expresamente sobre ustedes. ¡Es la historia de cómo se fundó su empresa! ¡Todo el mundo lo sabe!
—Se cree muy listo, inspector. Con tantos años de profesión y sus… digamos, poco ortodoxos métodos, piensa que está por encima de los demás ¿Me equivoco? — El hombre intentó disimular una mueca de asombro —Me he informado bien. — Sonrió —Permítame que le aclare las ideas, viendo que ha hecho sus deberes y ha leído el libro. Nadie, repito, absolutamente nadie a parte de los miembros de mi familia saben los verdaderos entresijos de nuestra compañía. Es posible que Juan le contase algo a Luisa. La historia superficial, la que todo el mundo sabe: que mi abuelo en paz descanse, fue un hombre carente de preparación académica pero con un olfato innato para los negocios. Metales Villanueva fue su obra maestra y la culminación del sueño de su vida. Su proyecto empresarial que antes de la guerra llegó a contar con más de trescientos obreros, colocó a nuestra región en la vanguardia europea de los productos galvanizados en tiempos de bonanza. Los negocios que hizo, o dejó de hacer, con su socio no son competencia del pueblo.
—  ¡Así que es cierto! — exclamó — En la novela, aunque la metalúrgica la funda el personaje de Fernando, aparece un segundo hombre que comprará la mayoría de las acciones de la empresa y que, misteriosamente, muere hacía el final de la historia.
La chica se mordió el labio. — No se crea todo lo que lee.
— ¿Quién era ese hombre?
— Nadie que tenga que ver con la desaparición de Luisa. ¿Por qué no la investiga a ella, inspector? Por qué no indaga en su pasado, en su familia, en su prometido. La chica tenía muchos problemas ¿sabe? El libro era el menor de ellos.
—No estoy tan seguro de eso ¿Qué opinó su familia de la publicación?
—Entenderá que a mi padre no le hizo ninguna gracia. Obviamente las similitudes con nuestra empresa son grandes, pero nadie sabe, ni sabrá, a ciencia cierta qué es real o no, pues de eso trata la literatura. Algunos lo llaman engaño otros, ficción. Hay quien dice que grandes crímenes se encuentran escondidos detrás de grandes obras de arte pero sin pruebas, solo queda la duda. Recuerde que mis tíos financiaron el proyecto. No lo hubieran hecho si pudiera resultar perjudicial para sus cuñados y sobrinos. ¿Le parece bien esa explicación?
—Sólo por el momento. ¿Qué puede contarme de los problemas de Luisa? ¿Eran ustedes amigas?
—Esa es una historia algo más larga de contar.


—Tenemos tiempo — Era noche cerrada y aún quedaban unas cuantas horas para ver salir el sol. La chica suspiró y comenzó a hablar.

lunes, 14 de marzo de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 29

Los pasillos del enorme edificio de Metales Villanueva, bulliciosos con la claridad del día, presentaban un aspecto fantasmagórico iluminados por la luz de la luna. Sólo las antiguas fotografías colgadas en las paredes eran testigo de que alguien merodeaba sigilosamente por el corredor. Se deslizaba como una sombra ágil y silenciosa.
  El inspector Sierra había logrado eludir la vigilancia y se había colado en las inmediaciones de la compañía. No había sido tarea fácil. Por un momento se recordó a sí mismo caminando entre las trincheras, aprovechando la oscuridad para burlar a la línea enemiga. Sacudió la cabeza para apartar aquellos recuerdos de su mente. No estaba en una guerra, se dijo a sí mismo, aunque lo que estaba haciendo no era legal y lo sabía. Siguió caminando.
  Aquel día en comisaría las investigaciones habían vuelto a ser infructuosas. Se encontraban en un callejón sin salida. No tenían cuerpo ni pistas, tampoco orden de registro, por lo que, finalizada la tarde, el inspector decidió dar un paseo por los alrededores de la empresa de la familia de magnates. No tuvo que dar muchas vueltas para encontrar una pequeña puerta sin vigilancia. Parecía oculta por una pila de cajas y, aunque en aquel momento estaba franqueada por obreros que aún no habían terminado su jornada laboral, tal vez por la noche nadie se ocuparía de ella. Sabía que tanto las entradas principales como el apartadero de ferrocarril y la gran flota de camiones de gran tonelaje permanecían siempre custodiadas por motivos de seguridad pero, debido a la reducción de personal de los últimos años, probablemente las puertas de las oficinas solo estuvieran cerradas con llave. Sea como fuere, tenía que intentar entrar.
 Esa noche cenó con Marieta y sus hijos haciendo un esfuerzo por tragarse la comida y aparentar normalidad. Escuchó las anécdotas de Sara intentando regatear en un mercado en el que casi no había existencias que comprar y cómo Carlos aceptaba con una mezcla de orgullo y resignación su eminente reclutamiento para el servicio militar. En cualquier otro momento, Sierra se hubiera mostrado muy interesado por la conversación con su familia pero, sentando a la mesa, no podía apartar su vista del reloj, cuyas manillas parecía no querer moverse.
 Cuando toda la familia, por fin se hubo quedado dormida, se levantó de la cama y, poniéndose unos pantalones encima del pijama y una gabardina, abrió la puerta de su dormitorio.
—Será mejor que lleves una bufanda. Las noches de invierno son traicioneras. — Oyó la voz de su mujer. Él giró la cabeza sorprendido y la vio incorporada sobre la cama. —Haz lo que tengas que hacer para resolver este caso, pero vuelve sano y salvo a casa. —Le dijo antes de cerrar los ojos otra vez.
  Con el corazón en un puño a sabiendas del riesgo que estaba tomando y del peligro que podía correr su familia si el fracasaba, abandonó su hogar.  Como un gato recorrió las solitarias calles de la villa y llegó a la portilla que había avistado unas horas antes. No había nadie alrededor.
 Sacó una ganzúa de su bolsillo derecho y, unos minutos de trabajo más tarde, la puerta se abría ante él. Utilizó unas cerillas para alumbrarse hasta que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Aquel debía de ser el cuarto de las escobas, los uniformes y demás utensilios que colgaban sucios y desordenados de unos ganchos en las paredes. Al fondo de la pequeña estancia vio una escalera que daba a otra puerta. Giró la manilla con suavidad y esta se abrió lentamente. Fue a dar a la parte de la empresa que ya conocía gracias a su visita a Juan Villanueva hacía unos días. El corredor lleno de puertas que daban a los distintos despachos tenía un suelo de color verde que no se podía apreciar a aquellas horas. Las paredes estaban decoradas con cientos de fotos que parecían tomadas en los primeros años de su fundación. Le hubiera gustado pararse a observarlas con detenimiento pero aquel no era un viaje de placer. Miró los letreros de las puertas uno a uno hasta dar con el del joven empresario.
 Utilizando de nuevo su alambre, se abrió paso hacia la estancia y cerró tras de sí.
 No había tiempo que perder. Todo estaba aparentemente ordenado. Los papeles se amontonaban cuidadosamente encima de la mesa de roble que presidía la dependencia y no parecía haber en ellos nada que fuera del interés del inspector. Abrió el primer cajón del escritorio y lo primero que encontró fue el libro de la joven. Lo tomó en sus manos y un papel cayó en el suelo. Lo recogió apresuradamente y pudo reconocer en él la caligrafía de la chica.
«Querido Juan.
Las segundas partes son las buenas. No lo olvides.
Tuya:            
                                               L.S»
  Aquella nota parecía reciente. Levantó la pequeña hoja para contemplarla a la luz de la luna y así comprobar que no estaba tan arrugada ni desgastada como las que él guardaba en comisaría. Si aquello no era ningún truco, entonces estaría en lo cierto y Luisa, antes de desaparecer, habría escrito una segunda parte de su obra, lo cual podría confirmar algunas de sus teorías, como por ejemplo que sus supuestos desinteresados mecenas se provechasen de la muerte de su protegida. Ahora la cuestión era ¿Dónde podría estar el manuscrito? Si se lo hubiera dejado a Juan, lo más probable sería encontrarlo en su casa o en aquel despacho. Miró a su alrededor en busca de alguna caja fuerte y, a falta de una, lo que vio fue un gran cuadro. Se acercó a él y lo movió ligeramente para comprobar que detrás se encontraba un portón blindando. Negó con la cabeza. El chico no sería tan tonto. Una caja fuerte sería el primer lugar en el que alguien buscaría. Se dirigió de nuevo hacia la mesa y, en medio del silencio sintió un crujido.
 «Bingo»
 Se agachó y apartó la alfombra que cubría el suelo de madera. Palpó todas las tablas de alrededor con suavidad hasta averiguar de dónde provenía aquel casi imperceptible chasquido. Una de ellas estaba suelta. Estaba a punto de levantarla con las uñas de los dedos cuando de repente una luz le cegó.


— ¿Quién anda ahí?

lunes, 7 de marzo de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPITULO 28

— ¿Juez Noriega? Soy el Inspector Sierra — dijo el hombre presentándose en el despacho del anciano juez y estrechándole la mano — .Gracias por recibirme a estas horas de la noche.
—Deduzco que ha de tratarse de algo de suma importancia.
—Así es. Como le expliqué brevemente por teléfono, vengo a pedirle una orden de registro para Juan Villanueva.
El hombre se quitó las gafas y dejándolas encima de la mesa pasó los dedos por sus cejas de forma pausada. — ¿Usted sabe de lo que está hablando? No puedo darle esa orden así como así. La familia de esos magnates hace que nuestra villa siga de una pieza y se recupere poco a poco después de la guerra.
—Pero…
—Pero pueden pasar dos cosas, inspector. Que la familia Villanueva se sienta sumamente ofendida por la realización de un registro en las instalaciones de su compañía y en su residencia privada y por lo tanto y, por culpa de la humillación, decida trasladarse a otro lugar, o bien que usted no encuentre nada sospechosos y yo sea destituido de mi cargo por incompetencia.
— ¿Y si encontramos algo? — Le interrumpió.
—En cualquier caso, malo para Villanueva y malo para nosotros ¿No se da cuenta? Especialmente para usted. No sólo su carrera se vería gravemente perjudicada si no que levantaría el odio de los ciudadanos si muerde la mano que les da de comer.
—Señor Noriega, apelo a su sentido de la justicia ¡Una joven ha desaparecido! Probablemente esté muerta.
— ¿Tienen su cuerpo?
—No…
— ¿Alguna prueba irrefutable?
—Tenemos un zapato.
— Un zapato que podría ser de cualquier señorita descuidada, mientras que su supuesta víctima podría, simplemente, haberse fugado simulando su muerte.
— ¿Por qué habría de hacer eso? — protestó —  He visto el desconsuelo de su familia.
—Corren tiempos oscuros, inspector. Acabamos de salir de una guerra, el país aún está resentido y muchas personas continúan desapareciendo cada día.
El policía suspiró — Veo que no voy a conseguir nada de esta visita, ¿Verdad?
—Tráigame algo mejor que ese zapato y prometo pensarme lo del registro. Eso es todo.

  El inspector Sierra llegó a casa con la moral por los suelos. Llevaba casi una semana trabajando en el caso y no tenía nada más que un zapato negro que, ciertamente podría pertenecer a cualquier chica. Sentado en su desgastado sofá del salón, casi no se percató cuando Marieta apareció a su lado. La miró con tristeza.
—Creo que estoy perdiendo facultades.
Ella le cogió la mano y sonrió. — Siempre dices lo mismo. Cada vez que una investigación se complica, justo en el ecuador, afirmas que ya no puedes más o que no vas a ser capaz de resolverlo.
— ¡Eso no es cierto!
La mujer arqueó las cejas antes de soltar una carcajada. — ¿Recuerdas cuando quisiste abandonar el caso del asesinato de aquellos niños? ¿Y el robo de aquellas joyas a las que parecía habérselas tragado la tierra? ¡Los resolviste!
—Supongo que tuve suerte —Suspiró pensativo.
—Utilizaste tu instinto o ese don natural que tienes o que se yo… La conclusión es que esta vez será igual. Estoy segura. Hoy necesitas descansar y mañana lo verás todo con otros ojos.
  Aquella noche no pudo dormir. Al contrario de lo que opinaba su mujer, él no tenía un don. Tal vez algo de intuición, pero no más. Si había resuelto aquellos casos en el pasado, gracias a los que había logrado considerables ascensos, fue debido a la utilización métodos poco ortodoxos. No estaba orgulloso, pero él creía en la justicia. Creía que cada cual debe pagar por sus pecados y, basándose en este principio, se había llegado a convencer de que el fin justifica los medios. Marieta no le conocía bien, sonrió en la oscuridad con amargura. Es verdad que era afable y paciente con las víctimas y siempre intentaba utilizar el razonamiento y la relación de hechos para esclarecer las complejas situaciones que en ocasiones se le presentaban pero, cuando todo esto fallaba optaba por saltarse leyes y procedimientos y tomarse la justica por su mano. “Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer” y así, a base de violencia y sobornos indagaba en la vida de sus sospechosos. Ninguno le delataría jamás pues todos temen no solo por su vida, sino por la seguridad de sus familias.


 Su astucia y sangre fría, fue lo que le ayudó a sobrevivir en la guerra y también pensó, lo que le ayudaría a resolver el entuerto de Luisa Suárez.

lunes, 29 de febrero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPITULO 27

— ¿Pero no lo ves, Gonzalo? —Vociferaba el inspector en comisaría aquella tarde.
— Lo veo, señor. Veo el libro porque lleva usted gesticulando con él en la mano durante los últimos veinte minutos. Pero no comparto su opinión.
—Esta novela cuanta la historia de cómo se creó Metales Villanueva con todo lujo de detalles.
—Pero no pone nombres.
—Pero hombre, por Dios — suspiró secándose el sudor de la frente — ¡Utiliza pseudónimos! He pasado la mañana buscando a personas de la generación de Fernando Villanueva I y, a pesar de que la búsqueda ha sido muy infructuosa dado que el hombre ahora tendría casi cien años y prácticamente ningún anciano tan longevo ha sobrevivido a la guerra, los hijos sí que recordaban el relato contado por sus padres: la historia de cómo se fundó el gran imperio que hizo resurgir a nuestra Villa.
—Pero lo que no entiendo es, si todo el mundo conocía ya esa narración ¿Qué es lo que la ha hecho tan famosa?
—El pueblo conoce la parte romántica: El hombre que persigue su sueño y lucha contra viento y marea en busca de un futuro mejor para los suyos. Pero lo que era ignorado hasta ahora son las frivolidades y los negocios sucios que Fernando Villanueva, padre e hijo, se han traído entre manos durante todos estos años y que esta joven escritora ha gritado a los cuatro vientos.
—Pero señor, según las cartas que Luisa le enviaba a Juan Villanueva podemos determinar que les unía una gran amistad. Es posible que el chico le hablara de su familia y ella, con su imaginación de escritora, se inventase lo demás. Por eso el rechazo que su padre sentía hacia ella, porque aunque la historia no era la misma, las personas de los alrededores podrían pensar lo contrario. Y lo que es peor, sus socios, sus competidores, sus acreedores… Esa novela podría caer en sus manos y, de hecho, seguramente lo hizo sembrando lo peor para un carismático hombre de negocios: la desconfianza.
— Una tesis muy elaborada, Gonzalo. Y bien pensado, pero se de lo que hablo — respondió descolgando el teléfono.
— ¿Qué hace? —preguntó el joven alarmado.
—Llamo al juez. Voy a pedirle una orden de registro.
— ¿Para la compañía? ¡Eso es de locos! Ni siquiera tenemos agentes suficientes para registrar la empresa entera. Podríamos tardar meses, eso por no hablar de las penosas consecuencias que podría traer si no encontrásemos nada.
—Tranquilo chico —Dijo levantando el auricular y haciendo girar la rueda del teléfono —, la orden será solo para el despacho de Juan y, con un poco de suerte también para sus habitaciones personales en su lugar de residencia privada.
—Creo que no le interesaría tener a Juan Villanueva en su contra, señor — replicó con mucha seriedad.
El inspector miró gélidamente a su subordinado —Creo, Gonzalo, que a quién no le interesa tener a la policía en su contra es a él. Dime una cosa, ¿Has leído el libro?
—Hace tiempo. Antes de este trágico suceso un compañero me lo prestó pero lo he revisado estos días por su pudiéramos obtener alguna pista.
— ¿Y no hay nada que te haya llamado especialmente la atención?
—Bueno… conociendo ahora la extraña amistad que unía a los dos jóvenes, he llegado a la conclusión de que tal vez ella utilizó la literatura como vía de escape. Quiero decir, en la novela también hay una historia de amor imposible y, si bien Luisa y Juan no han podido estar juntos en la realidad, pasarán a la historia como una pareja de amantes literarios. Al fin y al cabo, esa es una de las funciones de la literatura ¿No? La de hacer posible lo imposible.
—Muy bonito ¿Pero no te sorprende que al final la chica protagonista muere?
—No me ha parecido un factor especialmente relevante, dado que en todas las historias de misterios y corrupción siempre hay alguien que paga el pato — se encogió de hombros.
El hombre negó con la cabeza — Josefina, el personaje estrella de la novela, termina su vida precipitándose por un barranco. Y ¿Recuerdas qué fue lo que quedó de ella?


—Solo un zapato.

lunes, 22 de febrero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 26

Sentado en su cama, con la tenue luz de una lamparita y la tranquila respiración de Marieta tumbada a su lado solamente interrumpida por algún pequeño ronquido, el inspector Sierra contemplaba la portada de la novela de Luisa Suárez con intención de comenzar a leerla aquella misma noche. Había pasado los dos últimos días revisando a conciencia las cartas a Juan y aún no había tenido tiempo de ponerse con el pequeño tomo que tanta polémica había levantado.
 Lo había comprado aquella misma mañana en una librería que había vuelto abrir después de los estragos de la guerra. La única que había sobrevivido en la villa.
—Escondimos todos los libros — le contaba el librero. — No dejamos más que los artículos de papelería imprescindibles para ir sobreviviendo hasta que no tuvimos más remedio que cerrar, porque nadie tenía dinero para comprar ni siquiera tinta y un plumín.
— ¿Qué hicieron con ellos?
— Los guardamos en cajas y los fuimos trasladando poco a poco al sótano que mi suegra tiene en su casa del pueblo. Sabe Dios que de dejarlos aquí, los hubiesen quemado.
El inspector había movido negativamente la cabeza suspirando. Cuántas historias dejaba a su paso la guerra, ninguna buena. — Estoy buscando el libro de Luisa Suárez  — dijo cambiando de tema, dándose cuenta por primera vez, que no sabía el título.
El hombre no pareció sorprendido —Ha sido lo más vendido en las últimas semanas. Pobre chica, que desgracia.
— ¿La conocía?
— Claro, desde hace años. Siendo jovencita venía a ojear los libros. Siempre pasaba un buen rato leyendo el resumen de los argumentos de unas novelas que no podía permitirse comprar. En alguna ocasión le presté alguno «Será nuestro secreto» le decía a la pequeña, cuya ansia de conocimientos superaba a la de muchos intelectuales. Ella siempre me los devolvía puntualmente y, no paraba de repetirme que algún día me lo compensaría.
— ¿Cuándo la vio por última vez?
— Poco antes de su desaparición. Vino a preguntarme cómo me iba el negocio. Nunca dejó de visitar mi tienda ¿Sabe? Y en cuanto empezó a ganar su propio dinero, compraba libros a menudo, además de material para escribir. No sé hasta qué punto lo hacía porque lo necesitase o como agradecimiento a la secreta amistad que durante años compartimos, pues sabe que mi hijo está enfermo y esta tienda es el único sustento que tenemos. — El hombre pareció emocionarse durante un instante y, de repente, frunció el ceño.
— ¿Sucede algo?
—«Todo mejorará». Fue lo que me dijo la última vez que la vi. «Conseguiré que sus ventas aumenten» afirmó. « ¿Cómo lo harás, chiquilla mía? – le respondí – La mayoría de la gente aún es pobre y muchos mendigan para comer». «Nadie se resiste a un buen misterio» Respondió guiñándome un ojo. Y, con las mismas, salió por la puerta y no la he vuelto a ver.
  El inspector se sorprendió ante aquella última información ¿Tal vez Luisa conociera su destino? ¿Se habría planteado ser una autora mártir para que aumentasen sus ventas? Pero, ¿Con qué fin?
 Miró la portada del libro que tenía en sus manos: «Sueños y cenizas» llevaba por título con letras grandes y doradas. Un buen nombre pensó, agresivo y esperanzador al mismo tiempo. Oportuno para aquellos tiempos de malestar social y fuerte represión. No le extrañó el éxito anterior a la desaparición de su autora. Si él hubiera sido un asiduo a la lectura, probablemente, también lo hubiera comprado.
 Abrió el ejemplar y se sorprendió de que no hubiese ninguna dedicatoria, pues normalmente los escritores dedican sus obras a los seres allegados. Pasó las primeras hojas en blanco hasta dar con un prólogo que rezaba así:
«Una vez un joven tuvo un sueño. Se vislumbraba rey entre altas torres, soldado en armadura de metal y herrero forjador de destinos. Despertó empapado en sudor con la certeza de quien  se  sabe  conocedor de su suerte y, al amanecer, abandonó todo en pos de una ilusión.
 El camino no fue fácil, desde luego. No faltó quien le tomara por loco, quien burlara sus esperanzas, quien deseara verle caer, pero él, sin agachar un solo instante la mirada, siguió su instinto y terminó por construir lo que se convertiría en un imperio amado y odiado a partes iguales.
 Esta es la historia de su creación. La historia de un hombre y su familia y, sobretodo, un relato lleno de misterio y superación que demostrará que hasta las estructuras más sólidas quiebran y que, a veces, nuestro peor enemigo se encuentra, invisible, justo delante de nosotros»


  Al amanecer, el inspector Sierra terminó el libro y suspiró. Justo antes de quedarse profundamente dormido un pensamiento cruzó su mente cómo un rayo: ahí estaba la prueba definitiva, unas pinceladas más y habría resuelto el misterio… o casi.

lunes, 15 de febrero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 25

El nudo en la garganta de Juan se hacía cada vez más grande. ¿Por qué Luisa no le había dicho nada sobre su boda? Revisó todas y cada una de las cartas que le había enviado aquel semestre y en ninguna de ellas se hacía alusión a “boda”, “novio”, “flores” o cualquier cosa relacionada con el tema. Se maldijo a sí mismo. Quizá era culpa suya, puede que no le hubiese prestado atención suficiente y ahora la hubiera perdido. A pesar de la obsesión que todos decían que sentía por la joven, la realidad era que Juan ocupaba gran parte de su tiempo en sus propios proyectos personales. Aquel último año había viajado cuando los exámenes y trabajos se lo habían permitido, había visitado personalmente y a escondidas de su padre a muchos de sus socios e incluso a alguno de sus rivales mientras pensaba si su propósito final sería unirse a todos ellos en favor de la empresa o destruirle a él. Luisa rondaba su cabeza de vez en cuando, pero Juan tenía ideas propias. Debía tenerlas, sobre todo desde que el futuro de él, en cierto modo había quedado vinculado al de la chica: Si el libro se publicaba, Juan asumiría su puesto al frente de la compañía, aquel era el trato que había hecho con su padre a espaldas de la chica. Había sido una decisión dura que había consultado con su tío Miguel y no le quedó más remedio que aceptar pues, si Fernando Villanueva se proponía hundirla, lo conseguiría. La felicidad de Luisa estaba en sus manos y, sinceramente, pensaba que aquella novela podría traer consigo más cosas buenas que malas. Respecto a lo de continuar en el negocio, Miguel le había prometido que hallarían una solución, ahora que su hermana estaba estudiando, si en unos años demostraba que era suficientemente capaz, quizás el corazón cada vez más viejo y arrugado de su padre terminase por ablandarse y entrar en razón permitiéndole liderar la compañía.
   Aquella mañana todos los planes de Juan se habían ido al traste. Estaba tumbado en el jardín a la sombra de un árbol, cuando su tía Pilar apareció.
—Veo que te has enterado del matrimonio de Luisa.
— ¿Tú también lo sabías?
—Todo el pueblo lo sabe. Y ahora que su novela va a salir a la luz, son la comidilla de los vecinos.
—Vaya.
—Pero no te creas, Luisa no está especialmente contenta. Su futuro marido no la apoya. Y no creo que haya leído en su vida un miserable libro. No se imagina lo que significará para ella ser una de las primeras autoras en el país, el hombre piensa que una vez que se le pase el capricho será igual de tonta que todas las demás.
—Pues, conociendo a Luisa, lo lleva claro. Lo que yo no entiendo es por qué se casa con él. ¿Acaso le quiere?
— Los sentimientos pueden ser tan  misteriosos…
—Venga tía, no te pongas mística.
Pilar se rió. — Será mejor que se lo preguntes a ella. Vendrá a vernos ésta tarde a a tu tío y a mí aprovechando que tu padre no volverá hasta la noche. Quizá podáis hablar un rato.
    Y así fue. Unas horas más tarde, la joven atravesaba el sendero que llevaba hasta la magnífica casa. Saludó a Miguel y a su esposa y se sentaron los tres en una mesa.
—Los trámites van viento en popa — dijo Miguel contento cogiendo una galleta para remojarla en su café.
— El libro ya está en la imprenta. En solo unos días verá la luz.
—Va a ser todo un escándalo.
Luisa sonrió — ¿Creéis que tendrá buena acogida?
—Desde luego que sí. A todas las mujeres les encantan las historias de amor y a los hombres les entusiasma un buen misterio.
— Me refiero al hecho de ser yo la autora.
—La verdad, tendrás que soportar de todo, Luisa. Habrá gente a quien le fascinen tú y tu forma de escribir. Otros te criticarán hasta que se les caiga la lengua. Lo que tienes que pensar es si eres feliz con lo que haces. Además, serás un ejemplo a seguir para muchas chicas.
—Eso me consuela mucho, gracias.
  Más tarde, Juan apareció en la estancia. Saludó a sus tíos y a Luisa con seriedad. Éstos, discretamente pusieron una excusa para irse y dejarles solos.
— ¿Te parece bien si damos un paseo?
 El jardín que rodeaba la casa era enorme. Tenía hasta un pequeño bosquecillo y una fuente de piedra. Paloma se encargaba de cuidarlo personalmente y de asegurarse de que no tuviera ningún defecto.
  Después de media hora de conversación poniéndose al día de las cosas que habían hecho en los últimos seis meses, Juan no pudo aguantar más.
—De verdad que no entiendo qué le ves a Alejandro. Por más que lo pienso, no me entra en la cabeza.
—Es un hombre muy inteligente — respondió mirándole fijamente.
El chico la miró atónito y casi sintió que se mareaba. ¿Cómo iba a ser inteligente alguien que en la lista de pedidos de la tienda escribía  “Acen falta ielo”? De pronto la chica estalló en una carcajada.
— ¿De qué te ríes?
—De tu cara.
—¡No me hace ninguna gracia! No eres la misma de la que me despedí hace unos meses — protestó enfadado.
Ella se puso seria. — ¿Te crees que a mí me hace gracia casarme con ese cenutrio? ¡Soy yo la que va a tener que convivir con él!
—No entiendo por qué te tienes que casar con él.
—No me queda otra. Mi padre me lo ha puesto como condición para que publique el libro. Dice que es la única forma de que me convierta en una mujer medianamente respetada. Mi matrimonio hará efecto colchón al caos que producirá la publicación.
—Los padres y sus condiciones — Murmuró Juan
— ¿Qué?
—Nada…— suspiró —  Tu padre siempre ha sido un hombre justo.
—Y lo sigue siendo, pero ve que además mi hermana pequeña se va a casar antes que yo y eso, también es una deshonra.
— ¿Estamos acaso en la edad media?
—Lo parece — dijo apenada.
— ¿Por qué no me contaste nada?
— No quería disgustarte. Además tenías que sacar un buen curso y sabía que esto te distraería. No quiero que renuncies a tus sueños por mí. Se lo que has trabajado éste año. Además de tus cartas, tus tíos me han contado cosas sobre tus viajes y tus hazañas por el extranjero. Eso confirma mi teoría.
— ¿Qué teoría?
—Que eres brillante, Juan.  — Ambos sonrieron y se miraron fijamente unos segundos.
—Tengo otra pregunta ¿Por qué hoy se te veía tan contenta?
—Sabía que era el día de tu llegada.
 Guardaron unos instantes de silencio antes de que el chico lo rompiera de nuevo.
— ¿Te trata bien?
—Define “Bien”
—Te… ¿te pega?
El rostro de Luisa se ensombreció — Lo intenta, aunque soy más rápida que él.
— ¡¿Qué?! — Gritó alarmado y furioso.
—Ésta mañana. Después de que te fueras, en un segundo en el que nos quedamos solos me dijo que no me acercase a ti y que quitase esa estúpida sonrisa que se me pone cuando apareces.  Intentó golpearme, pero soy más ágil que él y me aparté.
— ¡Le romperé todos los dientes!
— Y luego intentará rompérmelos él a mí, así que ni lo intentes.
— ¿Lo saben tus padres?
—No. Pero ¿Qué más da? Hoy día, cuando suceden estas cosas se entiende que es culpa de la mujer. Si también los golpes que me pueda dar se hiciesen públicos serían nada menos que otra forma más de humillarme.
 Se quedaron callados un rato contemplando un cielo que se iba haciendo cada vez más oscuro.  Luisa apoyó la cabeza en el hombro de Juan.
—Como ves, me espera un futuro prometedor: Autora de éxito cuestionable que solo ha publicado un libro porque que vive atada por su marido.
—Eso no tiene por qué pasar.
—Tengo muchas probabilidades.
— A veces las estadísticas nos sorprenden. Además, hoy tú has arruinado mis planes.
— ¿Yo? — dijo ella con tristeza.
  Juan sacó del bolsillo de la chaqueta la que había considerado la llave de su libertad. Ahora no estaba seguro si podría abrir alguna puerta, pero si no lo intentaba…
— ¿Es un anillo?
—Iba a pedirte que te casaras conmigo. Pero un mendrugo se me adelantó — intentó sonreír pero lo que en realidad salió de su boca fue una mueca muy forzada — pensé que esta sería la solución todos nuestros problemas. Llevo queriendo hacer esto años pero tenía que esperar a terminar mis estudios. Juntos podríamos… no sé, yo te apoyaría en todo y tú me ayudarías a abandonar la empresa de mi padre. Podríamos marcharnos a Europa, empezar una nueva vida. Tú podrías seguir escribiendo y dar clases y yo me buscaría un trabajo ¡De lo que sea! Algo que no pudiera dar de comer y… bueno, era sólo un sueño.
— ¡Pídemelo!
—Pero… ¡Ya estás prometida!
— ¡Da igual! ¡Pídemelo! Me comprometo contigo.
— ¿Vas a preparar tu boda con dos hombres?
—Pero sólo querré a uno
— ¿No será a Alejandro?
— ¡No! — dijo con una carcajada.
— ¿Y lo demás?
—Ya nos arreglaremos. Tenemos toda una vida por delante.
— Entonces ¿Quieres ca…?
 Y antes de que terminase de formular la pregunta, Luisa le  había respondido con un beso. Pero no un beso en la mejilla como  había hecho años atrás. Le besó los labios suave y lentamente. No una, sino muchas veces. Juan perdió la noción del tiempo y pensó, por primera vez en su vida, que la felicidad tenía que ser aquello y si no, debía de estar muy cerca de alcanzarla.


   Entre beso y beso, ninguno de los dos se percató de que, entre las sombras, alguien les observaba y no estaba contento, nada contento.

lunes, 8 de febrero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 24

Dos años antes, 1943.
   Juan volvía  a casa por el verano, pero aquella vez era diferente. Había terminado la universidad y tenía grandes planes para su futuro o, por lo menos para un futuro muy  inmediato.
 Los tíos habían decidido pasar otra temporada con ellos a regañadientes de su padre. La relación que tenían con éste cada vez iba a peor. No solo lo habían persuadido — cosa que era francamente difícil — para enviar a su hija a estudiar al extranjero, sino que haciendo caso omiso a sus opiniones, la novela de Luisa saldría a la luz muy pronto. No le gustaba la chica y mucho menos el libro en cuestión, lo consideraba una ofensa personal hacia sí mismo a pesar de que su cuñado lo tachara de egocéntrico. Y luego estaba su hijo, que parecía no tener ojos para otra cosa que no fuera esa mujer y todo lo que tuviera que ver con ella. Juraría que el chico estaba obsesionado. De lo que Fernando no se daba cuenta es que esa obsesión no era ni la mitad de grande que su odio hacia la chica.
— ¡Si al menos fuera una mujer como es debido!
— ¿Qué friegue y cocine?¿Que sólo piense en vestidos? ¿Qué no se pueda mantener con ella una conversación que no sea más que meramente banal? Lo siento padre, pero yo aspiro a algo más de lo que tú me ofreces.
Aquella frase había ofendido al hombre en lo más profundo de su ser. — ¡Un respeto hacia tu madre! — Le había gritado.
—Con eso me lo dices todo…— murmuró.
Aquella fue la última conversación que habían tenido antes de que Juan se marchara tras las vacaciones de Navidad. En los meses siguientes había tenido mucho tiempo para pensar sobre su vida y sobre el hecho de que algún día tendría que hacerse mayor y plantarle cara a su padre. Y, tras mucho meditar, había tomado una decisión.
  Llevaba la llave de su libertad en el bolsillo de la chaqueta cuando ese día fue a ver a Luisa. Había llegado de su viaje la noche antes y esperaba encontrársela a la salida de la iglesia como todos los domingos.
  Y ver, la vio.
  Pero su corazón se rompió en mil pedazos al contemplar como otro hombre la cogía del brazo. Estaban con los padres y la hermana de ella y todos charlaban alegremente. No parecían percatarse de su presencia. Contempló al tipo que la miraba de una forma posesiva y no pudo más que sentir repugnancia al ver que se trataba de Alejandro Ramos, aquel que tanto la había despreciado cuando eran jóvenes. No sabría decir si la chica parecía feliz porque no se le veía demasiado bien la cara pero, conociéndola como la conocía, si no hubiera querido estar con ese hombre, no lo hubiera hecho.
—Están prometidos — dijo Paloma en voz bajita poniendo una mano en el hombro de su hijo que miraba al grupo desolado.
— ¿Por qué nadie me lo había dicho?
—Todos sabíamos lo importante que era para ti tener un buen rendimiento académico ésta temporada. Pensaba que ella te lo había contado pero veo que, como nosotros, no quería distraerte.
 De pronto la chica giró la cabeza y contempló a Juan. Sus miradas se cruzaron un momento. La de él reflejaba una profunda tristeza. Ella parecía impasible.  Se acercaron a saludarse cordialmente. Luisa le felicitó por sus buenas notas y por ser oficialmente titulado por una de las universidades más prestigiosas del extranjero. Juan le preguntó por su recién estrenado trabajo como ayudante en la escuela mientras observaba alguna mínima señal en ella que le dijera que todo aquello era mentira. Que no se casaría con ese indeseable.
El futuro marido no tardó en aparecer. Le pasó el brazo por encima de los hombros a su prometida y con una voz arrogante le habló a Juan.
— ¿Te han dado ya la buena noticia?
—No sabía que hubiera ninguna buena noticia — respondió. Vio como en el rostro de Luisa se dibujaba una media sonrisa avergonzada.
— ¡Nos casamos! — dijo apretando a ésta contra sí.
— ¿Quiénes?
— ¡Pues Luisa y yo! ¿Quién va ser? Mira, el titulado…
— Ah, pues, enhorabuena. Espero que seáis muy felices. Estoy seguro de que serás un compañero excelente para Luisa, conocedor de los grandes maestros literarios y de las complejas teorías físicas y matemáticas que explican cómo se ha creado el universo. Además de…
—Sí, sí, yo sé todo eso y más — mintió Alejandro que no era un hombre especialmente espabilado, por no decir que apenas sabía sumar.
—Podremos invitar a Juan a cenar a casa los domingos ¿Verdad cariño? — Dijo Luisa mirando fijamente a Juan.
—Será perfecto — respondió éste aceptando la invitación ante la perplejidad de Alejandro. — Hablaremos sobre la floreciente economía del país y sobre el estado de la bolsa y los mercados financieros. Quizá, tu futuro marido, que todos sabemos es un gran hombre de negocios y si no, mira lo bien que funciona la pescadería de su padre — el verdadero trabajo de éste, era colocar las cajas en los estantes —  podría aconsejarme sobre qué o cuantas acciones debería comprar nuestra modesta empresa para que nos vaya tan bien en los negocios como a él.
  La chica se rió ante la mirada furiosa de Alejandro.
—Puedes burlarte de mí, pero yo tengo lo que ni tú ni tu empresa podéis comprar y lo que tú más quieres. — Señaló a Luisa, quien miró a su amigo triste al comprobar que aquel comentario en verdad  le había herido.
 Sin decir ni una palabra, Juan dio media vuelta y se fue. Llegó hasta donde estaba su madre y juntos emprendieron el camino a casa.
— ¿No crees que has sido muy injusto con ese pobre chico? — dijo Paloma, quien había oído la conversación.
— ¿Por qué lo dices?
—No todos los jóvenes tienen la suerte de tener el poder que tú tienes. A él no le enseñaron a leer o a comportarse como a ti. Nadie le explicó que hay infinidad de cosas que aprender y mil formas de soñar.
— Es mala persona. Sólo necesito saber eso.
—Lo que tiene de malo es que se ha llevado a la mujer que tú quieres. Reconoce que por muy perfecto que sea el hombre que Luisa elija para casarse, nunca lo aprobarás. A no ser, que seas tú mismo, claro.
—Puede ser. Pero éste especialmente, no me gusta. No nos traerá nada bueno.
— ¿No nos traerá?
—A ella, quiero decir.

—Ya... a ella.


lunes, 1 de febrero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 23

—Tiene mucho carácter esta chica.
—Cierto — respondió el inspector. — No cabe duda de que si su padre entrase en razón, Metales Villanueva estaría en las mejores manos.
— ¿Ha sacado algo en claro de ésta entrevista?
—No hay duda de que Cecilia quiere proteger a su familia a toda costa pero lo que ha conseguido es que en mi lista de sospechosos tenga que apuntar tres nombres más, el de sus tíos y el de ella misma.
—Le ha dicho que le daría toda clase de pruebas para probar su inocencia.
— ¿Y no te parece eso muy exagerado? Si realmente su familia no tiene nada que ver en el asunto deberían estar tranquilos. Además, las pruebas se pueden falsificar y amañar.
—Sí, pero si los rumores empiezan a rondar a la empresa, aunque sean inocentes, perderán prestigio y este incidente es algo que ni sus socios ni sus competidores olvidarán. Nada menos que la muerte de una joven.
—En eso estoy de acuerdo, pero aun así, piénsalo. Por un lado tenemos a sus tíos. Una de las frases que ha dicho Cecilia es clave, el libro se está vendiendo como churros desde la muerte de su autora, lo cual incrementa el patrimonio de sus  mecenas.
—Si me disculpa, también puedo rebatirle eso. ¿Por qué iban a matarla con solo un libro publicado? ¿Por qué no esperar a que tuviera por lo menos tres o cuatro? La gente  compraría todos, no solo uno. Ya sabe el morbo que suele dar a la población todas estas historias.
— ¿Y si por alguna razón tuvieran algún que otro fracaso con uno de sus múltiples negocios y necesitasen el dinero urgentemente? O bien, es posible que en realidad exista una continuación a la novela que escribió Luisa y que nosotros desconocemos. Por eso la mataron, porque ya obtuvieron de ella todo lo que querían.
—No lo sé inspector, disculpe  pero creo que se está usted emocionando en esto de teorizar. Registró la habitación de la joven y no encontró más que los papeles que tiene aquí desperdigados en su oficina. Los ha leído todos por lo menos dos veces y no hay nada que se parezca mínimamente a una novela. Lo más relevante que encontró en aquel cuarto fueron las cartas al joven Villanueva y ni eso parece ser una pista que nos lleve a nada concreto.
  Viendo que su fiel agente parecía tener razón en todos sus argumentos. El inspector se sentó cansado y abatido en su vieja silla.
— ¿Qué me dice de Cecilia?  
— ¿Por qué iba a ser ella la asesina?
— Quizá por celos o envidia de que otra mujer triunfara antes que ella.
—No lo veo como una razón de peso.
—No olvides que las razones de los asesinatos suelen ser celos, envidias, despechos…
— ¿Y por eso iba a venir ella misma aquí a la comisaría?
—Puede ser una buena forma de encubrirse.
— Lo más seguro sería quedar bajo la protección de su padre. Él lo arreglaría. Si su hija fuese la verdadera responsable de la muerte de Luisa Suárez, ya se habría encargado de formar una coartada creíble y de buscar alguien a quien echar las culpas.
—Hoy te da por llevarme la contraria en todo, Gonzalo.
—Simplemente le doy mi opinión. Con todos mis respetos señor.
—Eres un buen ayudante. El problema es que ahora mismo no sé por dónde coger el caso. Es un misterio. Todos parecen culpables y a la vez, todos pueden ser inocentes. No hay pistas, ni pruebas. ¡Nada! ¡Ni siquiera tenemos el cuerpo! Tal vez no esté muerta
El joven se alarmó — ¡Su padre afirma haberla reconocido!
—Sí, el mismo padre que parece querer ocultarnos información en los interrogatorios. Piénsalo. Era de noche y entre la oscuridad y la mar revuelta consiguieron, no solo ver el cuerpo, sino identificarlo pero ¿No pudieron recatarlo? Empieza a parecerme propio de ciencia ficción. Nuestros equipos tampoco han logrado encontrarlo.
—Pero usted vio un zapato
—No es una prueba concluyente.
— ¿Qué dice la prensa sobre esto?
—Hace unos días que no menta el suceso. La gente parece ir olvidándose poco a poco. Imagino que la empresa Villanueva estará detrás de los medios de comunicación vigilando.
— ¡Eso es censura! — exclamó el joven.
—Soborno más bien, diría yo. Y dado que no estamos en una época de especial auge económico, a nadie le viene mal un dinerillo extra. — suspiró.
—Yo creo que lo mejor será dejarlo pasar y que se archive el caso. Quizás no fue un asesinato y simplemente salió a pasear y se cayó por el barranco.
—De todas, esa es la teoría que menos me convence.
—Usted verá, pero debería de planteárselo. Esta investigación le está consumiendo.

—Puedes retirarte Gonzalo, ya pensaré que hacer.


lunes, 25 de enero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 22


  Hazla pasar Gonzalo, por favor  — dichas estas palabras apareció por la puerta una joven de deslumbrante belleza. Cecilia Villanueva se hallaba delante de él con el aire de superioridad y cierta arrogancia, que le caracterizaba pese a su juventud. La había visto la tarde anterior en el despacho de su hermano, pero allí, en medio de su rústica oficina parecía un ser totalmente fuera de lugar. A pesar de todo no parecía sentirse en absoluto incómoda, más bien era el propio inspector quien estaba un poco abochornado por el desorden y el olor a cerrado con el que la recibía. Apartó un montón de papeles de una silla y la invitó a sentarse.
— ¿A qué debo su visita? —Preguntó.
—Como pudo observar  ayer, mi padre no me dejó participar en la entrevista que le hizo usted a mi hermano y creo que tengo información que podría serle útil en su investigación.
—Le escucho.
—Bien. Primeramente, quería asegurarme de si sabe usted si está realizando la búsqueda de la persona que mató Luisa Suárez en el lugar adecuado, es decir, básicamente vengo a explicarle de la forma más clara posible que lo que a mi familia respecta, somos inocentes. Metales Villanueva nada tiene que ver con la desaparición y muerte de esa mujer. Creo que mi padre se lo ha dejado bastante claro, pero por si todavía le quedan dudas, me ofrezco voluntaria para proporcionarle toda clase de datos que le puedan ser de utilidad.
— Se lo agradezco mucho señorita Villanueva — dijo el inspector un tanto incrédulo ante el tono autoritario de la chica. — ¿Podría decirme si usted tenía algún tipo de relación con la fallecida?
  A Cecilia esa pregunta le pilló totalmente desprevenida. — Fuimos amigas durante un tiempo — Respondió secamente. Al ver que el hombre esperaba en silencio continuó hablando. — Conocí a Luisa hace unos tres años cuando empezaron a tramitar la publicación de su libro. Ella y yo no éramos tan diferentes ¿Sabe? Dos mujeres que aspiran a sueños casi imposibles en un mundo de hombres y una época de posguerra. Manteníamos una buena relación que continuaba por correspondencia cuando pude irme a estudiar a Francia.
— ¿Conserva aún esas cartas?
—No — respondió tajante.
—Desde su punto de vista, ¿Qué relación mantenía con su hermano?
— No me gusta meterme en las relaciones personales, señor, creo que eso es algo de cada uno pero en mi opinión, estuvieron enamorados un tiempo. Años quizás. No obstante, mi hermano pasó mucho tiempo fuera de casa y ella se comprometió con otro hombre. Esas cosas a veces superan al amor más fuerte.
— ¿Conoce  al que iba a ser el marido de su amiga?
—No. Nunca hablaba de él. Puede que ni si quiera la tratara bien. Eso es algo que nunca llegó a contarme.
— ¿Y no se preocupaba usted?
—En absoluto. Luisa era una mujer fuerte que sabía cuidarse sola.
—Parece que no le fue muy bien.
—Uno nunca sabe en qué momento la vida le va a sorprender.
—Cierto. ¿Y qué me dice de sus tíos? Era los… digamos, mecenas de la joven. ¿No es extraño que se hayan ofrecido a avalarla sin recibir nada a cambio?
—Creo que esa es una pregunta un tanto grosera por su parte. Mi familia tiene una enorme fortuna. Para ellos respaldar a esa chica no era más que otro de sus negocios y, por supuesto, terminarían recibiendo beneficios económicos ¿Acaso no sabe la cantidad dinero que aportará esa novela a su patrimonio? No solo por su revolucionario argumento o porque esté escrito por una mujer y eso cause una gran conmoción en los tiempos que corren, ahora que su autora ha muerto de forma trágica el libro se vende como churros.
—Interesante… Esto sitúa, señorita, a sus tíos en una posición complicada. Tal vez sean los más beneficiados por la muerte de la joven y casualmente ahora se encuentran fuera del país.
La chica dio un respingo — No es conveniente para un perro morder la mano que le da de comer —  respondió  —Las cosas a veces no son lo que parecen. Dese cuenta de que ha pasado algo más de un año desde la publicación de la novela y muchas cosas en la vida de Luisa habían cambiado. Si yo fuera usted, hágame caso, investigue a algún familiar de la joven o bien al que estuvo a punto de ser su marido. Mi familia no ha tenido nada que ver. He venido aquí para salvaguardar su honor —tomó aire — .Y una cosa más, le ruego no le diga a mi padre que hemos tenido esta conversación. Le daré todas las pruebas que necesite y pueda conseguir pero, no me gustaría verle por nuestras oficinas más de lo necesario. Le voy a estar vigilando y no se deje guiar por mi juventud. Sólo le aviso de que mi padre es la persona más comprensiva y paciente en comparación conmigo.
  Dicho esto se levantó de la silla y se dirigió hacia la salida. Gonzalo, que había permanecido de pie al fondo de la estancia le abrió la puerta y ambos se miraron un momento.

lunes, 18 de enero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 21

El inspector Sierra llevaba horas encerrado en su oficina. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Ni siquiera sabía quién podría ser el principal sospechoso. Había colocado una pizarra con los nombres de todos los implicados. En aquellos momentos dudaba de todos y cada uno de ellos. ¡Podría haber sido cualquiera! Todos tenían una coartada pero con que alguien les hubiese perdido de vista unos minutos sería suficiente para ejecutar el asesinato. Quién sabe si podría haber algún cómplice aún desconocido.
  En primer lugar estaba la familia de Luisa. Le parecía muy extraño que sus propios padres o su hermana la hubiesen matado, ellos mismos habían organizado la búsqueda de la joven y llamado a la policía la noche de su desaparición. Por otra parte, recordaba su sorpresa al percibir el extraño comportamiento de la familia. Quizá se debiera a todas las penurias que habrían soportado durante la guerra: la pérdida de amigos y familiares, la escasez de alimentos, el miedo… Aun así, algo le decía que no podía tachar sus nombres de la lista de sospechosos, especialmente el de su hermana, a pesar de ser la más cooperativa durante la entrevista, tal vez estuviera interpretando un papel. Las dos hermanas no tenían lo que se dice, una relación especialmente estrecha. Solían discutir a menudo y por lo visto ninguna estaba de acuerdo con las ideas de la otra. En privado, justo antes de marcharse y en un descuido de sus padres que respondían a las últimas preguntas de Gonzalo, Andrea le había confesado que su hermana no estaba de acuerdo con su reciente matrimonio con Francisco Arias, y ella ni mucho menos había aprobado desde un principio la publicación de su libro, alegando que aquello le traería demasiados problemas.
   Entre las elucubraciones y teorías que rondaban la cabeza del inspector, estaba la posibilidad de que Andrea tuviera envidia secreta a su hermana mayor, dado que ésta era una mujer resuelta que sabía lo que quería y ella ahora se veía atrapada con un hombre al que, quizás, ni siquiera amaba. A veces las cosas que más criticamos de los demás son en realidad las que querríamos para nosotros mismos, así funciona la envidia humana.
   Quién sabe si en un ataque de celos se habrían peleado, terminando la contienda con un desenlace fatal para la primogénita. Aquella no le pareció una hipótesis tan disparatada. La anotó en su cuaderno como una posibilidad.
   Por otra parte estaba Alejandro Ramos, a quién de una forma u otra, Luisa siempre dejaba plantado. Ya fuera porque la presencia de Villanueva hacía que ésta no prestara atención a nada más, o bien porque su reciente muerte le había dejado de repente sin planes de futuro. Había varias cosas que le hacían sospechar del chico de la pescadería, entre ellas la voz de rabia que había puesto al hablar de la relación entre Luisa y Juan. Casi le había parecido de loco. En cierto modo podía entender la frustración de tener que casarte con una mujer que ni te quiere, ni parece que vaya a hacerlo nunca. Además él se quejaba de que la chica lo miraba con aires de superioridad y lo trataba como si no fuera demasiado listo, cosa que tampoco le extrañaba al inspector, dado que no era difícil averiguar a simple vista que aquel tipo no tenía muchas luces.
    Lo más sorprendente de todo, era que ya puestos a asesinar a alguien, Alejandro hubiera matado a Luisa, cuando en realidad a quien debería de haber hecho desaparecer sería a Juan pues él era la raíz de su desgracia. El problema estaba en que, de haberlo matado y ser descubierto, no sólo pagaría con pena de cárcel sino que era muy posible que su familia tuviera que correr con los gastos de una indemnización millonaria exigida por los fieros abogados de la poderosa familia.
   Alejandro tampoco podía ser descartado.
   En otra columna de la lista escrita con tiza blanca en el enorme tablero, se encontraba la rama de los famosos empresarios. En primer lugar y con letras mayúsculas, se encontraba Juan. Supuestamente el chico estaba — o había estado —  enamorado de ella. Tampoco se mostró especialmente afectado con la tragedia. Quizás fuera por el impacto de la noticia o porque, como había dicho, actualmente sólo mantenían una amistad cordial. Puede que simplemente solo sintiese algo de pena por los recuerdos de una juventud no muy lejana y él hubiera continuado con su vida. Le parecía una persona en cierto modo misteriosa. Doblegado a voluntad de su padre, era por todos sabido que no tardaría en revelarse. Esa era la razón por la que resultaba el principal sospechoso. A lo mejor la muerte de Luisa era solo un paso más para la destrucción de Fernando y de su compañía. Todos sabían que si se relacionaba a la importante empresa con el suceso, ésta podría irse a la ruina, sobre todo después de la publicación de un libro que había puesto en jaque al magnate empresario. Lo único que desencajaba en este supuesto, era el afecto que Juan y Luisa sentían el uno hacia el otro.
  No mucho menos importante que Juan en esta lista, era su padre. Sierra cambió los nombres de orden para colocar a éste en el primer lugar. Por lo visto, Luisa era una gran influencia para el joven, según había podido oír o deducir de sus cartas. Revolvió los papeles que tenía en la mesa y encontró una que le había llamado especialmente la atención:
 «Queridísimo Juan:
  ¿Qué tal estás?  Lamento decirte que yo bastante enfadada contigo. Me dejaste muy triste con nuestra última conversación. No fue la mejor forma de despedirse dado que voy a estar mucho tiempo sin ver a mi mejor amigo.
   Entiendo que estuvieras disgustado por lo de tu padre. Que no te guste demasiado la universidad y que envidias a los amigos que pueden hacer con su tiempo lo que quieren mientras que tú estarás sumiso a las órdenes de un hombre que no ve más allá de sus propios intereses. No te voy a negar que sea una situación desagradable y que es probable que no puedas salir de ella en unos cuantos años pero ¿sabes qué? Empiezo a cansarme de tus tonterías. ¡REBÉLATE! ¿Algo no te gusta? ¡CÁMBIALO! Y vive la vida que a ti te gustaría y no la que te ordenan los demás. Se inteligente. Aprovecha las oportunidades que tienes ahora, que no son pocas, y sácales el mayor rendimiento posible. Entonces, un día, encontrarás el momento adecuado y abandonarás la empresa si eso es lo que quieres. Pero por el amor de Dios. ¡Basta ya de quejarse y de llorar y ponle solución a tus problemas!
  Alguien tenía que decírtelo. En parte siento tener que ser yo. Sabes que no me gusta que discutamos.
  Espero que cuando te vuelva a ver me pongas esa sonrisa que sabes que me encanta.
 Tuya,
L.S».
   Aquella parecía una de las cartas más antiguas. No tenía fecha, pero el papel estaba bastante desgastado por los bordes y la tinta era algo más clara. Imaginó que había sido escrita en la época en la que Juan empezaba a estudiar en la universidad. No dudaba que el chico tenía una personalidad bien definida, pero sí era cierto que se aferraba a los consejos de Luisa como si fueran su salvación.  En cierto modo ella parecía ser su mayor apoyo para abandonar la empresa. Tal vez si no la hubiera conocido ni siquiera se lo hubiera planteado y esa podía ser la razón por la que a Fernando Villanueva la joven le interesaría muerta. Sería una forma de tener a su hijo centrado y concentrado en su trabajo sin ningún tipo de distracción. Para alguien con su poder sería muy fácil encubrir el asesinato o bien hacer que pareciera culpa de algún pobre desgraciado que no tuviera oficio ni beneficio.
  Mientras reflexionaba esto, llamaron a la puerta.


—Disculpe — apareció Gonzalo —  una señorita desea verle.

lunes, 11 de enero de 2016

CARTAS PARA JUAN - CAPÍTULO 20

A Juan no le quedó más remedio que confesar a Luisa que había dejado el libro a sus tíos. Por fortuna la chica se alegró al escuchar el entusiasmo que Miguel y Pilar habían mostrado hacia la novela y que querían conocerla. Así fue como la joven fue invitada a comer con la familia Villanueva al completo y, para sorpresa de Juan, aceptó.
—No hagas caso de lo que diga mi padre — Advirtió — Odia a todos los que no son como él.
—Descuida, — respondió tranquila —  tal vez tu padre y yo seamos más parecidos de lo que él piensa.
  En aquella velada, Luisa terminó sentada entre su amigo y el padre de éste, quien presidía la mesa. En frente Cecilia, Pilar y Paloma, la madre del chico. Y ocupando el otro puesto presidencial, estaba Miguel.
  La chica se había puesto su mejor vestido para la ocasión, pero no podía evitar sentirse un tanto cohibida por la notable diferencia que existía entre su familia y aquella con la que compartía mesa ese día. A pesar de sus exquisitos modales inculcados meticulosamente por su madre,  Fernando Villanueva la miraba con desaprobación. Posiblemente, pensó, él no estaba especialmente de acuerdo en que fuera invitada aquel día.
—Y bien Luisa ¿Puedes decirme a qué se dedican tus padres?
—Claro — respondió ésta — Mi padre es pescador y mi madre cocina para “El Campanario”, ya sabe usted, el mejor restaurante de los alrededores.
—Permítame que discrepe, pero me parece una osadía por tu parte afirmar que ese es el mejor restaurante. — Se empezaba a formar un ambiente de tensión en la mesa. Juan miraba con rabia a su padre.
—No creo que sea una osadía señor. Simplemente le estoy remitiendo los datos de las críticas culinarias publicadas en los periódicos esta última semana.
Al cabeza de familia no le gustaba que le llevasen la contraria ni mucho menos perder en las discusiones.
— ¿Es cierto que tienes una hermana? — preguntó la madre de Juan con la intención de cambiar de tema y evitar que su marido iniciase una discusión.
—Sí. Tengo una hermana menor llamada Andrea.
— ¿También escribe? — Preguntó Pilar.
—No. La verdad es que somos muy diferentes. Ella se dedica a aprender a hacer sus labores y prepararse para un buen matrimonio.
— ¡Como debería de ser! — Interrumpió Fernando.
  Luisa iba a decir algo pero se contuvo. Sabía que en aquella casa, por lo menos aparentemente, tenía todas las de salir perdiendo. Escucharon al hombre y su retahíla se argumentos acerca del valor de una buena esposa y la importancia que su papel de ama de casa y madre de sus hijos tenía para la sociedad. Miguel, simplemente comía, como si la cosa no fuera con él. Paloma, miraba hacia su plato con disgusto y algo de vergüenza, mientras que Pilar miraba desafiante a su cuñado dispuesta a rebatirle hasta la última palabra a pesar de saber que nunca le haría entrar en razón. Por su parte, las dos más jóvenes intercambiaron una profunda mirar de comprensión. Parecía que a pesar de ser tan diferentes, tenían en común mucho más de lo que hubieran imaginado. Por último Juan, cargado de rabia, pensó por primera vez en su vida que, de alguna forma, lograría hacer que su padre se tragase todas sus palabras. Por debajo de la mesa y sin que nadie se percatase, le cogió la mano a Luisa y se la apretó fuerte. Algún día la llevaría hasta lo más alto, costase lo que costase, y jamás la dejaría caer.

      Una vez que el señor Villanueva hubo abandonado la mesa, el ambiente se volvió más distendido y la chica se sintió mucho más cómoda de lo que hubiera imaginado. Resulta que, al fin y al cabo en todas las familias se acaba hablando de lo mismo: de los últimos cotilleos del pueblo, de los nuevos productos del mercado o de los planes para el fin de semana siguiente. La velada pasó rápidamente y cuando se quiso dar cuenta, se había quedado sola con Juan y sus tíos.
—Nos ha encantado tu novela, Luisa  — empezó diciendo Pilar. — ¿Es lo primero que escribes?
—Sí, es mi primer relato largo.
—Hemos estado pensando y hemos hablado con mi sobrino y creo que podremos logar que le lo publiquen — continuó Miguel.  — Con  tu nombre en la portada — Sonrió.
— ¡Eso es fantástico! — Exclamó Luisa mirando a Juan, quien le dirigió una media sonrisa.
—Pero hay un problema — interrumpió Pilar. — Debido a su argumento, ese libro podría perjudicar a toda la compañía Villanueva al menos de una forma indirecta. Si quieres mi opinión, creo que esta es una gran oportunidad para ti y si fuera yo, seguiría adelante porque lo que  has escrito es una obra de arte y puede ser que no vuelvas a tener otra posibilidad de que vea la luz.
Luisa asintió nerviosa.  — Yo no busco perjudicar a la compañía. Ustedes lo saben. No veo por qué este libro puede hacerle el mínimo daño a una empresa tan poderosa.
—Porque quién está a la cabeza es mi padre. — Contestó Juan — y cualquier cosa que pueda alterar mínimamente su entorno, la destruirá.
—Soy alguien insignificante al lado de tu padre.
—Pero podrías convertirte en una mujer muy poderosa. Quizá no de repente, pero sí en unos años siempre y cuando tengas a alguien que te asesore como Dios manda. — dijo la mujer.
—Y esos somos nosotros.


Juan miró con orgullo a su tío. Habían sido muy generosos. Financiarían la publicación y asesorarían a Luisa sin ningún tipo de contraprestación, simplemente, como decía Pilar, porque ya iba siendo hora de que las mujeres demostrasen su talento.